jueves, 1 de marzo de 2012

Neoclásicos #3: Jakob von Uexküll




El personaje que quiero presentar hoy es uno de los más memorables que han pasado por este blog, un oscuro pensador de principios de siglo XX del que no abunda bibliografía en castellano, pero por cuyo trabajo siento una empatía enorme, una afinidad intuitiva y espontánea hacia alguien que creo merece más reconocimiento del que generalmente se le profesa en el mundo académico. Ignoro los motivos por los que su obra no ha sido presentada con más insistencia en nuestro país, pero lo cierto es que en sus pasmosas e inauditas investigaciones adelantó, desde un terreno tan prosaico como la biología, ideas que luego alcanzarían tanta popularidad como el dasein de Heidegger, las esferas de Sloterdijk, la semiótica de Eco o muy, muy especialmente la orquídea y la avispa de Deleuze, un plagio como la copa de un pino. ¡Cuántos usurpadores ilustres se han apropiado del sistema de este hombre, semidesconocido fuera de círculos muy especializados! Descubrirle (ocurrió por casualidad, hace cosa de un mes) me duele un poco por lo entrañable que me resulta Deleuze, porque a medida que voy estudiando y descubriendo a sus grandes influencias (Whitehead, William James, Dewey, Thom...) cada vez tengo más claro que lo meritorio de su pensamiento es el haber sabido expoliar ideas de otros teóricos y compatibilizarlas en un sistema común que, implícitamente, ya estaba allí.
Creo que los lectores de Mil Mesetas se pueden quedar flasheadísimos si se miran el trabajo de Jakob Johann von Uexküll, porque la atmósfera y el espíritu del bestseller de D&G exuda sus ideas por cada poro: el extrañísimo materialismo subjetivista deleuziano está empapado de las ideas de Uexküll, genial biólogo alemán fallecido en 1944 (con las starlettes posmodernas en plena adolescencia) y coinventor del maravilloso concepto de biosemiótica, dedicada al estudio de los signos en todas las manifestaciones de vida.


A menudo se acostumbra a identificar "semiótica" con lingüística, pero el planeta signo es mucho más amplio que el lenguaje oral y escrito. De hecho, el problema del signo va más allá del signo comunicativo porque la signicidad se da en toda cognición: la consciencia es una máquina semiótica que consume signos, ellos son lo único con lo que se aprehende el mundo. Todo lo que vemos son signos, signos que nos dicen qué potencias tiene el mundo a nuestro alrededor, y nos permiten solidificar nuestras apetencias y afectos en figuras reconocibles y comunicables. Su estudio es muy antiguo, muchas religiones y sagradas escrituras les dan una importancia trascendental, y la actual cultura fuertemente visual ha dado a la semiótico un potente empujón como ciencia capaz de desentrañar los misterios más profundos de la relación entre mente y realidad. La eficacia de, por ejemplo Apple, deriva de lo magníficamente bien que trabajan con signos, tanto en el diseño de sus magnéticos interfaces, como en la simbolización aurática de su logo. Por desgracia, en Europa la semiótica es una disciplina monopolizada por lingUistas cenizos y poco aceptada socialmente, pero en el mundo anglosajón las "semiotics solutions" son muy recurrentes en campos como la publicidad, el diseño de interfaces, el diseño de muebles o el urbanismo. Lo humano es siempre sígnico, en mayor o menor medida, y de ahí la raigambre humanística del estudio del signo.
Pero, tan modernos como somos, no podemos aceptar que la signicidad sea una peculiaridad estrictamente humana, entre otras cosas porque habíamos resuelto que "el hombre ha muerto", y de su cadáver ha emergido un animal. Ojo con este asunto porque la animalidad del hombre ha sido un tema importantísimo en los grandes discursos políticos de últimamente, y la pirueta (aparentemente simple) de reducir al homo sampiens a su animalidad complica más cosas de las que resuelve. Se habla del hombre como "el animal político", "el animal racional", "el animal que come pan"... pero, ¿qué atributo exclusivo especifica a un animal dentro del conjunto de lo real? La pregunta es buena, y ahí seguro que os he cazado a muchos. Pero sin entrar en eso, lo cierto es que todo animal es una máquina semiótica. Su relación con el medio requiere la producción e interpretación de todo tipo de signos como mecanismo de supervivencia imprescindible. Partiendo de esta premisa el lingüista Thomas Sebeok desarrollará sus estudios en zoosemiótica, una de las más complejas ramas de la etología. Hay especies donde las operaciones sígnicas serán fundamentales en la vida social del animal: leones, hormigas o delfines se comunican mediante precisos códigos semióticos que les permiten estructurar sociedades que actúan unísonamente. Pero además del principio lingüístico como fundador de sociedades, la zoosemiótica tratará de todos los mecanismos cognitivo-sígnicos mediante los cuales el animal construye su mundo, sus hábitos, y todo lo que tenga que ver con su territorio / ecosistema: ecosistema que se construye a través de signos.
Y será en este punto donde aparece Uexküll aportando una ampliación de campo auténticamente paradigmática: la tesis fundacional de su biosemiótica es la idea de que será toda la naturaleza (y no sólo los animales, en cuanto dotados de albedrío y voluntad) la que operará según maquinaciones semióticas, idea que resultará luego central a la biología con el desarrollo de los estudios genéticos, según los cuales toda forma de vida se despliega según el desencadenamiento de secuencias de información o "genes". Este desisivo paso de Uexküll puede parecer menos cañero de lo que en realidad es, pero su herencia ha sido extremadamente fértil: así, por ejemplo, el cambio de la idea de lo que es la signicidad era uno de los "hallazgos" más potentes del Mil Mesetas: como noción filosófica el signo deja de ser un instrumento gnoseológico sin más (un operador cognitivo) para considerarse una categoría ontológica que opera en los niveles más profundos y opacos de la materia. Esta revolucionaria axiomática será la que funde el camino de lo que luego habría de ser la cibernética, o la gestión de máquinas informativas capaces de interactuar de manera compleja con su entorno a través inputs y outputs en forma de datos.


La biosemiótica será por tanto mucho más que el mero estudio de las formas de comunicación como actividades propias de entes ya formalizados, transformándose en una ciencia que trata incluso los procesos de formalización, la organización material y dinámica de la sustancia incluso antes de cualquier acto comunicativo: los signos dejan de ser estrictamente unidades cognitivas, para instituírse como unidades constitutivas de toda realidad, algo así como el ladrillo ontológico último con el que se construye el mundo. Inevitablemente, esta persopectiva sugiere numerosas cuestiones metafísicas que al maquinismo darwinista tradicional le resultarán poco menos que místicas: el trabajo de Uexküll instaura un análisis de la morfogénesis según el cual ésta responde a sutiles y complejos procesos semióticos profundos, idea que de algún modo posibilita la existencia de una consciencia universal. Si hoy en día hay corrientes de la biología decididamente panteístas o espiritualistas (sin renunciar a la razón científica) es en gran medida gracias al trabajo de Uexküll y su descubrimiento de la misteriosa trabazón entre signicidad, morfología y tiempo. Hoy por ejemplo se trabaja con relativa normalidad con la idea de que la "forma" no es más que un hábito que aparece en lo real por decantación histórica, planteamiento un tanto desconcertante porque introduce la posibilidad de que la sustancia, en cuanto animada, tenga una mayor capacidad de "toma de decisiones" o de autoproducción de lo que los modelos clásicos suponían.

Historia de la Ciencia de los Signos

De la mística a la psicología
de la psicología a la etología
de la etología a la zoosemiótica
de la zoosemiótica a la biosemiótica
de la biosemiótica... ¿a la mística?


Sin embargo, la huella cultural más longeva y fértil de las que podemos atribuir a Uexküll, será probablemente su concepción de la relación entre cognición y realidad, siendo su planteamiento tremendamente cercano a lo que luego se daría en llamar el "relativismo posmoderno", la siempre criticada gnoseología del mundo contemporáneo. Este biólogo planteará el potentísimo concepto de Umwelt, con el que designará el espacio vivencial de cada sujeto cognoscente (sea animal o humano), un universo privado y autoproducido por cada sujeto en función de su aparato perceptivo, sus necesidades vitales, y las potencias que ofrece el mundo que le rodea. El ejemplo más recordado de los propuestos por Uexküll explica muy bien cómo nacería ese umwelt absolutamente subjetivo: una garrapata es únicamente sensible a un par de estímulos ambientales (las feromonas emitidas por su víctima cuando está cerca, oscilaciones de temperatura, y apenas nada más) y por tanto su universo, el mundo al que tiene acceso la garrapata, no tendrá ni espacio, ni luz, ni sonido, ni olfato, ni "esencia": la supervivencia de la garrapata le requiere únicamente una respuesta a ese par de estímulos, y por tanto todo aquello que no necesita percibir para sobrevivir le es "invisible". Su conocimiento del mundo está limitado a sus afectos, y serán éstos los que produzcan su Umwelt; la suya es una realidad que a nosotros nos puede parecer parcial y muy limitada, pero que a la garrapata le resulta absoluta. Supongo que este ejemplo anuncia ya las consecuencias epistemológicas sobre la territorialización humana: si el umwelt de la garrapata está conformado por sus afectos a través de su aparato perceptivo, lo mismo puede decirse de nosotros, que creemos apercibirnos de la realidad tal cual es, cuando de hecho sólo accedemos a aquello que nuestro organismo necesita conocer. EL "relativismo" trasciende en mucho la mera condición moral para convertirse en una determinación metafísica, en la medida en la que el universo del que podemos hablar no es más que una pequeña pompa de jabón producida con el material precario de nuestros sentidos. En realidad, este planteamiento es equivalente al famoso axioma deleuziano "la realidad es el deseo puro", que resultará crucial en todo el pensamiento del francés, pero que como vemos había ya sido planteado desde la biología por Uexküll varias décadas antes. El umwelt puede entonces ser leïdo como un capítulo más en esa genealogía de los "mundos subjetivos" que quizás vaya desde las mónadas de Lebnitz hasta las esferas de Sloterdijk, pero el enfoque de Uexküll es mucho más científico de lo que quizás pueda parecer a tenor de lo que estoy contando. Él mismo era tremendamente suspicaz respecto a las numerosas trampas metafísicas que puede presentar su discurso, y pese a reconocerse a sí mismo como un vitalista animista, la cuestión de identifiar esa misteriorsa "fuerza motora" de la naturaleza que promueve la evolución de la vida en armonía con su contexto, siempre fue un asunto que trató con el mayor rigor técnico.


La extensión de este texto me impide listar la enorme cantidad de ideas sugerentes que me he encontrado en lo poco que conozco de su trabajo, pero me gustaría abrir la posibilidad de acercar sus ideas a la arquitectura, siendo como es el "umwelt" un concepto excepcional para modelizar los modos de territorialidad subjetiva del hombre contemporáneo. Una de las características más sobresalientes de ese concepto es el modo en que revoluciona la herencia darwinista, que seguramente sea la que haya marcado el devenir utópico de la arquitectura moderna: según Uexküll, la evolución no se produce por medio de una selección natural por la cual cada especies se adapta a su medio, pues según él la reciprocidad entre sujeto y contexto es un camino mucho más complejo y de "ida y vuelta" que la mecánica simple de "acción" y "reacción". Esa retroalimentación entre subjetividad y mundo está además empapada de las misteriosas fuerzas formales que parecen determinar el devenir del mundo siguiendo un camino para el que no tenemos herramientas descriptivas adecuadas: el propio Uexküll defendió ya en su día los estudios referentes a lo que luego serían los "campos morfogenéticos" y, lo más inquietante, también él (cuyo dominio de los conceptos y herramientas estrictamente filosóficas era asombroso para un biólogo) especulaba con la posibilidad de un sentido en el devenir de lo real. En cualquier caso, la naturaleza sígnica de lo formal me parece tan importante que no alcanzo a comprender cómo los discursos arquitectónicos han sido tan ciegos a estas cuestiones: la retórica idealista de los "héroes de la modernidad" y su patológico puritanismo esencialisma nos ha hecho vivir un siglo entero recelosos de la signicidad de cualquier proyecto, que ha derivado en un desencanto social ante una arquitectura ensimismada en las especulaciones autoindulgentes de sus profesionales. No me cabe duda de que la disciplina más adecuada para acercar la arquitectura a los usuarios es a través de la sensación, el acontecimiento, y el signo. Pero ese es tema para otro post.
No me extiendo más, pero recomiendo a los curiosos la lectura de este estupendo proyecto de tesis doctoral (de hecho, su extensión y profundidad es ya propio de una tesis completa) en el que se analiza desde la filosofía el concepto de Umwelt en relación especialmente a la gnoseología de kant y la ontología de Heidegger. Una lectura sencilla y muy amena sobre un pensador fascinante, que puede iluminar a muchos (también a arquitectos: seamos conscientes o no, nuestros proyectos están dirigidos a animales) sobre un campo tan desconocido en nuestro país como es el de la semiótica natural. Los estudios semióticos entre los diseñadores europeos son muy pobres dada la importancia de la problemática que éstos son susceptibles de abordar (la producción cognitiva de lo real), pero dejaré ahora este post reivindicando un necesario tránsito desde los modelos de pensamiento maquínico a otro mucho más orgánicos y dinámicos, siguiendo la estela de pensadores visionarios como este Uexküll de legado tan potente. Las consecuencias políticas de estas cuestiones, insisto, son de gran calado, y en última instancia lo que deberíamos empezar a plantearnos es el paso de la biopolítica a la noopolítica, apropiándonos de la lectura de Uexkull, tan poética, de un mundo cuya inmanencia es la de un balet cósmico de signos.

3 comentarios:

  1. Ahora mismo me siento tan básico como esa garrapata.

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  2. Moraleja: todos somos parásitos. Pero ya lo sabíamos antes de que Uexküll lo mate-matizase. La diferencia entre los simbióticos y los no simbióticos es que los segundos matan al huesped -como los virus o el capitalismo- y los primeros le "engordan" -como hace observer con nosotros, y nosotros con él claro :-)

    ... aunque según Jorge Guillén existe un raro especimen llamado poéta -léase "artista"- que consume exáctamente lo que produce... pero a mí eso me parece de un aburrimiento atroz, así que ¡viva la otridad!.. que por cierto, no creo que esté fuera de nosotros, sino más bien dentro de nuestras posibilidades "ensamblatorias", supongo.

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  3. Muchas gracias por la información. Saludos.

    Atte: un estudiante de filosofía

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