lunes, 24 de octubre de 2011

Arte / Facto #22: Mañana



M a ñ a n a
(futuro imperfecto del verbo hoy)

























El señor García creía en la revolución de las masas,
pero de uno en uno,
para no molestar con aglomeraciones innecesarias

D.O.V.






















Primera secuencia:

Tic-tac; tic-tac; tic-tac... comienza escuchándose. En la pantalla va apareciendo un yogur bioactivo sobre fondo blanco. La cámara se acerca lentamente al yogur. Suena un teléfono de fondo. Empieza a oirse una conversación hablando sobre lo que un hombre hará “mañana”. De vez en cuando aparece la imagen de un medidor de sonido o ecualizador de rallitas digitales que registra los niveles de voz. Cada vez que el hombre dice la palabra “mañana”, todos los niveles suben al máximo, y la conversación y el tic-tac se aceleran. La conversación se torna acelarada y ridícula; infantilizándose su voz cada vez más. La cámara se acerca más y más al yogur hasta ver a las células “casei inmunitas” agitarse cada vez más deprisa. Hay una gran detonación en la pantalla.




Segunda secuencia:
Es de noche. En la cocina de un lujoso apartamento de una gran ciudad norteamericana, una pareja cena más o menos feliz -más bien menos que más-. Suena el teléfono y el hombre comienza la conversación de la primera secuencia. La mujer mientras tanto, abre un frigorífico, saca un yogur bioactivo, se sienta en un sofá y empieza a comérselo. Tras el primer lento y sonoro “mañana”, aparece el sonido del tic-tac que se irá acelerando en la conversación y con las imágenes, cuyos planos van cambiando más rápidamente. La cámara se aleja de la cocina entre las rápidas imágenes cambiantes. Se aleja de la casa de apartamentos. Se aleja de la ciudad. La ciudad detona.






Tercera secuencia:
En la cocina de una campestre casa rusa, una pareja desayuna feliz lo de siempre -café con leche y pan con mermelada-. Suena el teléfono y el hombre comienza la ya conocida conversación sobre “mañana”. Aparece el tic-tac. Una rubia y sonrosada niña entra por la por la puerta de entrada a la casa, con una bolsa de un supermercado que contrasta con la humildad del mobiliario. La niña saca de la bolsa, entre otras cosas, un yogur bioactivo y se lo da a su madre, que está sentada en la mesa. La niña sonríe, coge otro y se sienta a la mesa. La niña comienza a comérselo, mirando maliciosamente de reojo a su madre, mientras el tic-tac se acelera a cada palabra “mañana” del padre. La idéntica conversación de las anteriores secuencias cambia en la penúltima frase de la conversación, y donde se decía “mañana” en las anteriores secuencia, este hombre dice “hoy”. Las imágenes se ralentizan. Se ralentiza el tic-tac. Baja el nivel de sonido hasta desaparecer. La niña le mira de reojo. Sus ojos se clavan en él con evidente enfado. Una de sus pupilas se dilata despacio. Suena el latido de un corazón que cada vez se acelera más. La cámara se acerca al pecho de la niña -un vestido veraniego estampado con margaritas, que va ocupando toda la pantalla hasta convertirse en un verde prado con margaritas reales-. El verde prado de las margaritas reales se va convirtiendo en la espalda de la niña, que camina hacia su padre -con la realidad por único vestido-. Le extiende la mano pidiéndole el teléfono amablemente, infantilmente. El padre se le da. El latido del corazón se acelera más, aunque las imágenes son cada vez más ralentizadas, oscureciéndose la cocina hasta verse sólo el rostro iluminado de la niña, contrastada con un fondo que se oscurece. Sólo se oye ya el aceleradísimo latido del corazón. Los labios de la niña –en macro zoom- se mueven despacio, muy despacio, transformándose lentamente en el color “rojo diablo de Dior”. No se oye lo que dice, pero muy ralentizadamente sus labios dicen algo. La niña –ya sin sus labios rojos-, levanta la cabeza mirando a la cámara, que se va acercando a una de sus dilatadas pupilas negras hasta casi llenar la pantalla. Y a los pocos segundos, en el centro de la oscura pantalla, aparece una pequeña y rápida miniexplosión. Y una sutil nebulosa de estrellas y planetas se va esparciendo mientras el sonido del corazón se estabiliza, se cronifica y se automatiza... de nuevo.



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