martes, 3 de mayo de 2011

Arte / facto #12

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Lo eterno no puede ser la perfección de una causa-efecto, puesto que de lo contrario todo sería un estático retorno circular. Reversible. Clónico. Científico. Muerto.
Es pues la imperfección y el error lo único que puede ser eterno. Irreversible. Mutante. Móvil. Vivo.
La verdad, hablando en este sentido, sería paradójicamente una pura coincidencia de errores.
Errores en los que muchos de nosotros, e incluso todos en un momento dado coincidimos o no.
Un momento que puede durar días, años o milenios, claro.







Lo estético se convierte así en un gran instrumento para identificar estos errores.
Y por extensión, para identificarnos entre “nosotros”.
Si esto falla, algo igualmente automático y holístico tiene que aparecer que lo sustituya.
Otra forma de percepción instantánea en donde la lógica no sirva para nada, puesto que la lógica es otro dis-curso idéntico en su paralelismo con el devenir.
Debido a que -según dicen- la evidencia nunca ha logrado demostar nada, es el sentido del arte el que nos muestra que no se puede escapar de las apariencias.
También dicen que vivimos en la sociedad del espectáculo. Pero siempre lo hemos hecho. Todos los organismos -vivos o inertes- se guían por lo que parece que aparece.
Lo más profundo siempre ha sido la piel. Haya sido la primera, la segunda, o esta última que algunos llaman nuestra tercera piel cibernética.



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Pero el triunfo de las apariencias no es el triunfo de la moda. Es el de la mutación estética que revela el error de fondo de cada anterior pulsión artística.
Esta pulsión artística que incita al movimiento perpetuo es un holismo semántico.
Una totalización conceptual que nos sirve para automatizar respuestas más deprisa que la velocidad de la luz, anticipándonos a los futuros acontecimientos; bien sea anulándoles o promoviéndoles -que viene a se lo mismo-.
Una danza de signos en relación, capaces de moverse en el espacio a través del tiempo.
Una pulsión convertida en pulsación.



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Asistimos pues a una reevolución artística tal vez sin precedentes, puesto que todos nos estamos convirtiendo en prolíficos artistas, que consumimos exáctamente lo mismo que producimos.
Nuevas técnicas para nuevos fines -aunque no lo parezcan-.
O mejor aún, viejas técnicas -aunque lo parezcan- para nuevos fines.
Obsesivas repeticiones hasta el virtuosismo de una saturación imposible e insoportable.



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Fruto de estas técnicas, las distintas tendencias se multiplican, bien sean objetivamente sociales o subjetivamente individuales.
Sin embargo, lo político y lo ético que se esconde detrás de estas tendencias, sigue resistiéndose a aparecer. Tan sólo parece que aparece.
Y no aparece porque se trata de una constante metamorfosis.
Porque es un movimiento perpetuo de ensayo-error que no puede aparecer, porque no se le puede detener nada más que en el efímero recuerdo y en su más velada sombra.
Porque no puede ser ni congelado, ni representado.
Porque es equivalente al pensamiento. El gran truco de la representación.

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Queremos revelar lo velado. Conocer, no lo desconocido, sino lo no reconocido; puesto que es el único conocimiento al que podemos tener acceso.
Lo único que puede aparecer es aquello que se parece a algo que se parece a algo que se parece a... -ad infinitum-.
Nuestras estructuras mentales están construidas en el vacío.
Un vacío que se llena de conexiones y de relaciones ávidas de mutaciones, puesto que las condiciones exteriores cambian a cada instante.
Y si no cambian ellas, nosotros las reelaboramos.
Queremos reconocerlo todo. Y descansar tranquilos de tanto reconocimiento.
Así que para descansar tranquilos no hay nada como reconocer que no podemos reconocerlo todo.







Por todo ello se podría concluir que no es el deseo ni la búsqueda de placer lo que mueve al mundo.
Lo que nos incita a movernos es un asco visceral a lo que se repite hasta su saturación: lo convulsivo, lo adictivo, lo gastado, lo viejo. Lo conocido y reconocido hasta la saciedad.
Nosotros somos sólo sus reactivos, unidos por un eufemismo llamado amor, que no es otra cosa que una unión contra aquello que odiamos. Con largos discursos, breves conceptos o instantáneas imágenes.
Lo que buscamos es una confianza ciega en una invisible existencia subjetiva; la nuestra.



Unión, reunión y religión.
Pulsión de muerte incluso hacia nosotros mismos.
Sobre todo porque paradójicamente significa también lo contrario: “elán vital”.
Identificación, discriminación y segregación.
Confirmación del triunfo de las apariencias.
Y pura inercia.

...

Pero sin la saturación de algo no existiría ese odio ni ese asco.
Aunque ese amor y esa unión sea precísamente la que alimente todos los odios del mundo.
Esa tendencia de separación a la indiferencia que contiene toda saturación de la repetición.
Esa fuerza con que todo es forzado a unirse contra algo para compensarlo, para estabilizarlo, para anular su expansión dictatorial y alienante.
Llámese comida, trabajo, sexo, espectáculo, drogadicción o adicción a secas.
Un puro añadir más y más. Incluídas también sus contramedidas radicales.
Todo el universo gira en torno a los extremos y no al “aurea mediocritas”. El único equilibrio que conoce es ese.
Y todo acuerdo, incluso con uno mismo, está condenado a su incumplimiento.
A no ser, claro, que uno se obstine radicalmente en su cumplimiento.
Entonces será hasta que ya no pueda más.
Puesto que la verdad de la actualidad se impondrá a la necesidad de estabilidad del sujeto.
O el sujeto será eliminado por la verdad del momento.
Claro que sin el asco de la saturación nunca existiría el placer de la liberación, de la individuación y de la diferencia.
Y lógico es pensar que cuanto más haya de un lado, más habrá del otro.
Y cuanto más absurdo sea, más asombroso resultará lo que aparece. Su contrapeso.







Es pues la estética la gran respuesta.
Una forma de identificación y de unión instantánea.
Una nueva afiliación existencial, en donde la pulsión expresiva tal vez sea la única manera de existir. Tenga espectadores o no les tenga.
Una sofronización inmunitaria sin necesidad de espectáculo externo. Basta con el interno.
Un intercambio simbólico -o no tan simbólico- con la muerte y con la nada.







Pero es en ese intercambio donde uno se hace consciente de que dar algo a cambio de nada no existe, por muy altruista que uno quiera ser o parecer.
Por el contrario, la pulsión artística es la mejor forma de descubrir lo que uno quiere o necesita en cada momento y circunstancia.
Y lo descubre instantáneamente gracias a los espectadores que tiene. Sus espejos.
Que quizás, cuantos más tenga, más claro le quede lo que no quiere ni necesita. Multiplicación de respuestas.
Muchos o pocos, tres, dos, uno: la elección contractual.
El yo y el otro. Devenir tribu o devenir clan.
Pulsión constructiva y afirmación de lo posible.
Realidad, sacrificio y producción.
Negociación. Consenso. Y equilibrio imposible.

Ninguno: la duda.
Disolución del sujeto. Devenir perpetuo y angustia infinita.
Pulsión expresiva y negación de lo imposible.
Imaginación, magia y seducción de lo no reconocido -aún-.
Flotación. Disenso. Y desequilibrio eterno.


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Pero ya que lo mismo que nos salva de una cosa nos condena a otra, lo mejor sería coger lo que nos salva a manos llenas, y aceptar coger también lo que nos condena, pero tan sólo con dos dedos -en este caso me refiero a la lógica claro, no a la estética; ¿o es al contrario?-.

Si sólo las apariencias pueden escapar de la lógica. ¿Cómo escapar de las apariencias si no es con la lógica?

Ah, ya sé. ¡Pues claro! Como lo intenta hacer todo el mundo.

Flotando entre ambas cosas a la vez.
Dejándose arrastrar por la inercia hasta la saturación.
Sofronizándose como puede hasta desencajarse lo más que puede.
Y flotar entre la lógica y la estética hasta encajar en el lado opuesto que le arrastró.

Aunque la mayoría de las veces no lo consigue, claro.

¡Menuda putada!

O tal vez no.

Aunque tengo la impresión de cada vez más personas opinan que sí.
Y que está empezando a saturarse ese otro mundo de las apariencias.

Así que quizá haya que escapar al mundo de la lógica otra vez.
Aunque para eso antes haya que desencajarse.
Y además atreverse a flotar. No para siempre, claro.
Aunque eso nunca se puede saber.

¡Menuda putada!

O tal vez no.

Bien pudiera ser que el éxito de la emoción consista en esperar el fracaso de la razón -su saturación-, y que el éxito de la razón consista en esperar el fracaso de la emoción -su saturación-.

Vivir en un asombro permanente parece ser nuestra condición.

Y lo demás no es peor ni mejor. Es tan sólo otro tipo de ilusión; de colusión o de colisión.








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5 comentarios:

  1. ¡Qué guay! ¡Es asombroso!!! @-@

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  2. ME ha gustado mucho el texto, tengo poco tiempo estaré unos días out, pero lo que se te ocurra mándalo:)

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  3. Pues lo de "Chain Reaction" también está muy bien. Así que le daré vueltas a eso del minimal.

    Y si vas a estar out, pásalo ok .-)

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  4. Nuevo mail en cdf. Para cuando puedas.

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  5. mailos a tutti pleno. crisis de feos. ch.

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