domingo, 3 de abril de 2011

Mysterium Tremendum #3: Arquitectura Metafísica

1.


Supongo que es una temeridad hablar sobre Heidegger en un blog trapalleiro como este: su nombre es el ejemplo máximo del pensador aristocrático y ultra-académico, cuyo trabajo e ideas deberían estar vetadas al profano porque su manejo requeriría un conocimiento casi arcano de la materia. Cualquier pro me dirá "¡no tienes ni idea de lo que estás diciendo! , ¡sólo los verdaderos estudiosos pueden hablar de ontología! , ¡en internet se degrada el rigor metodológico de la filosofía!" Y es verdad que no soy ningún experto en Heidegger, pero en cualquier caso en este momento sí que tengo mi propia "visión" de lo que decía este señor. El pretendido monopolio del pensamiento que se auto atribuyen los filósofos académicos no es más que una manera de tirar piedras contra su propio tejado, pues la voluntad última de cualquier pensador es que su trabajo trascienda las murallas del "pensamiento profesional" para llegar al ciudadano al que, a fín de cuentas, está dirigido.
De hecho, no creo que sea tan complicado entender el fundamento de Heidegger, la intuición fenomenal que le significó como uno de los más revolucionarios pensadores del siglo. Son muy poquitos conceptos los que maneja en su obra: tiempo, ser, cosa, mundo, verdad, historia. No trabaja con mucho más, apenas se mueve del rígido y conciso marco conceptual con el que fundamenta sus ideas, y lo fabuloso es que desde un punto de partida tan diagramático se hayan desarrollado sistemas filosóficos tan complejos y diversos: sin su herencia no hubiesen existido ni Foucault, ni Sartre, ni Deleuze, ni Derrida, ni Gadamer, ni muchos otros. Y es que la intuición inicial que anima su discurso (el hecho de que el ser es tiempo, y está en el mundo) supuso toda una revolución para una tradición filosófica que seguía, a trancas y barrancas, atada a Descartes. En resumen, lo que Heidegger consigue es anular el "Pienso, luego existo" que definió la subjetividad moderna, y empequeñecer hasta hacer inservibles todas las filosofías subjetivistas que habían puesto al ser humano en el centro del universo, y reducido al mundo a mera circunstancia fenoménica. (Apunte: en mi opinión, si existe una filosofía que pueda servir de aparato conceptual para la ecología, esta nace con Heidegger. Sus ideas son infinitamente más afines al sentimiento ecológico que las de Kant o Leibniz, aquellos Modernos para los que el mundo era poco más que un utensilio de un Hombre Trascendental que campaba a sus anchas en el cosmos, haciendo y desaciendo conforme a los caprichos de su subjetividad omnipotente). Deleuze lo explica muy bien en esta clase de Vincennes, de la que se deduce una teoría del sujeto que sin las ideas de Heidegger no hubiese sido posible:

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(...) la forma o la lógica de los enunciados individuales ha sido fijada por el cogito. Ha sido fijada por el cogito que comprende la producción de enunciados a partir del sujeto y a partir de un sujeto. El cogito quiere decir que todo enunciado es la producción de un sujeto. Eso es lo que quiere decir en primera instancia, y secundariamente quiere decir: todo enunciado separa al sujeto que lo produce. Lacan es el último cartesiano. Entonces todo enunciado remite a un sujeto, y todo enunciado separa, corta, separa al sujeto que lo produce, son las proposiciones que se encadenan naturalmente porque, si es verdad que un enunciado es producido por un sujeto, ese sujeto por eso mismo va como a dividirse en sujeto de la enunciación y sujeto del enunciado, en eso consiste el modo literal del cogito.

El modo del cogito es, ustedes lo recuerdan, es: puedo decir "pienso, luego soy", no puedo decir "camino, entonces soy". Descartes se explica sobre esto en sus respuestas a las objeciones en una de esas raras páginas cómicas de Descartes, donde alguien le ha objetado: "¿Por qué usted no dice 'camino, luego soy'?" y él dice que eso no se puede. Y vuelve a decir "yo camino" es un sujeto del enunciado, mientras que "yo pienso" es el sujeto de la enunciación. Entonces, puede ser que yo no camine, pero hay una cosa de la que estoy seguro y es que pienso caminar. En otros términos: el sujeto no puede producir un enunciado sin estar por eso mismo escindido por el enunciado en un sujeto de la enunciación y un sujeto del enunciado. Eso introduce toda la metafísica del sujeto en el psicoanálisis. Si miramos de cerca el cogito...
Pregunta: Pero, ¿hay alteridad en Descartes? Deleuze: ¿Qué es lo que necesita? ¡El dualismo! Hay dualismo a nivel del pensamiento y del objeto pensado. Hay dualismo a nivel del alma y del cuerpo, hay todo el dualismo que ustedes quieran. Y si nos preguntamos cuál es la fuente de todos los dualismos cartesianos, está en esta escisión interior al sujeto, entre los sujetos del enunciado que no permiten cerrarla, y un sujeto de la enunciación que es sustraído a la duda: "yo pienso".

En toda la serie de dualismos cartesianos, alma-cuerpo, pensamiento-extenso, enunciado-enunciación, lo único notable y la única pregunta es que ese no es el último aspecto, la dualidad de los sujetos del enunciado y de los sujetos de la enunciación, una vez más sujetos del enunciado del tipo "yo camino", "yo respiro", "yo imagino" y sujetos de la enunciación "yo pienso", ¿no es esta dualidad la que va a habitar todos los dualismos de la reflexión y todos los otros dualismos de las sustancias, los cuerpos, etc.?

Lo retomo, pienso en el texto en el que Descartes dice: puede ser -veo el unicornio, imagino el unicornio-, puede ser que el unicornio no exista, puede ser que la proposición, que el enunciado "veo un unicornio" sea falsa, pero al contrario, es verdad que yo pienso ver un unicornio, a este nivel se produce una especie de desenvolvimiento de un sujeto de enunciación y por ahí, todos los sujetos de enunciados posibles. De donde el nos dirá: no puedo decir "yo camino entonces soy", pues solo puedo concluir un sujeto del enunciado en un ser de la enunciación, o en el ser de un sujeto de la enunciación, pero puedo decir "pienso luego soy", porque puedo concluir de un sujeto de enunciación en el ser de ese sujeto .

Ahora bien todos los dualismos de Descartes, aún pasión y acción, dependen directamente de esta operación del cogito que ha consistido en relacionar los enunciados con un sujeto de la enunciación, que desde entonces, va a dividir al sujeto en dos: sujeto del enunciado, sujeto de la enunciación, lo que se encontrará, por ejemplo, al nivel cartesiano en sujeto del enunciado que remite finalmente a la unión del alma y del cuerpo, y sujeto de la enunciación que remite a la substancia pensante. Cuando digo que, de cierta manera, el psicoanálisis, es la última herencia del cartesianismo, es porque, todavía frente al cogito, es muy curioso hasta que punto es un aparato edípico, un aparato edípico sublime. Puede muy bien que yo, como ser viviente, haya sido hecho por mi padre y por mi madre, pero el hecho de que piense, eso no se explica por mi padre o por mi madre, ¿por qué se explica? Si se considera el cogito como una máquina, vemos tres grandes momentos: la duda -que es típicamente una especie de máquina paranoica-, el Dios no embustero es una máquina descarrilada (?), y el "pienso" que es una máquina célibe. Esa es la especie de edipo del pensamiento puro. Los edipos, los hay por todas partes, no son solamente familiares, hay edipos científicos, y el edipo filosófico es el cogito, es la máquina edípica a nivel del pensamiento. Es lo que se llama el dualismo. El dualismo es lo que impide el pensamiento. El dualismo, siempre, va a negar la esencia del pensamiento, a saber que el pensamiento sea proceso. Y la fuente del dualismo, me parece, es esa especie de reducción, de aplastamiento de todos los enunciados del pensamiento, precisamente por este aparato especulativo edípico en el que se enuncia, de una parte, que esta relacionado con el sujeto, con un sujeto, y de otra parte, y al mismo tiempo, que el sujeto está dividido en sujeto del enunciado y sujeto de la enunciación. En esta perspectiva repensamos el sujeto.

"

De todo los textos que he leído de Heidegger, creo que el que sistematiza y resume sus conceptos es este El concepto del tiempo, conferencia temprana (de 1924: anterior por tanto a Ser y tiempo, pero enunciando ya las ideas que luego le darían fama) pero muy ilustrativa de lo sencillo que es en el fondo el principio fundador de su particular fenomenología.




2. Arte y Poesía


Como siempre, me pierdo por los cerros de Úbeda. El texto que quiero comentar es un libro llamado "Arte y poesía", que viene a ser lo más parecido a un manual de estética que haya producido Heidegger, y que en mi opinión representa el gran descalabro en que resultaron las ideas de este filósofo. Su ontología, una vez pasó a otras manos, derivó en muchas corrientes (existencialismo, hermenéutica, posmodernidad...) pero todo el mundo sabe que el único punto al que llegó el mismo Heidegger fue al nazismo: incapaz de desarrollar hasta el final sus propios postulados, y en un curioso y paradójico ejemplo de "interpretación errónea de las ideas de uno mismo", Heidi cometió la cagada monumental de adherirse vehementemente al círculo hitleriano, en uno de los tropiezos más sonados del academicismo filosófico. Y en mi opinión, del mismo modo que las ideas políticas de Heidegger estuvieron completamente equivocadas, su estética termina por ser un error garrafal cuyas consecuencias aún estamos sufriendo. A ver si soy capaz de explicarlo.

Bueno, el libro empieza muy bien, o al menos en un tono que sorprende, de una redacción razonablemente accesible en la que la sencillez y claridad de su sintaxis allana la comprensión de unos conceptos eculpidos muy meticulosamente, cuyos matices han de ser comprendidos con precisión y minuciosidad, pero que en principio resultan familiares: como ya he dicho, Heidegger apenas utiliza más recursos que sus retruécanos del ser, el ente, la cosa, el mundo y la verdad. Tales serán los utensilios que utilizará para redactar su ontología del arte y la poesía, para cuya consecución se basa en el método fenomenológico.
Las fenomenologías son un tipo de estudios muy divertidos, porque tienen un punto de paranoicos: empiezan con el análisis de algún fenómeno percibido (en este caso, el ejemplo más recurrente es un cuadro de Van Gogh) y continúan desplegando todo un batallón de preguntas delirantes desde las cuales especular con la naturaleza de aquello que tenemos delante, como el detective malo que interroga al sospechoso de alguna oscura conspiración: los fenomenólogos se hacen unas preguntas muy profundas, y divierte y asombra comprobar que no se les escapa nada. Heidegger consigue hacer suyo el método y deducir de esa manera lo que considerará el ser del arte, su esencia, a través de esta particular escuela filosfófica a medio camino entre la introspección, la lógica y la especulación.
Con el oscuro rigor ensimismado tan habitual en su literatura (su redacción es aparentemente gélida, pero la atmósfera de su discurso es siempre radicalmente mística) llega a la conclusión de que la esencia de la obra de arte es la desocultación de la verdad. Y he ahí su gran resbalón, porque "la verdad" se me antoja una idea demasiado peliaguda como para fundamentar cualquier teoría de lo bello; y una idea que, además, a lo largo de la historia, nos ha dado sobrados ejemplos de su potencial peligrosidad.

"la esencia de la obra de arte es el desvelamiento de la verdad".

Es una frase aparentemente insignificante, muy obvia, aparentemente lógica y en principio no problemática. Sin embargo, esta ontología estética (o metafísica del arte) remite como vemos a la noción de verdad como principio fundador, verdad que Heidegger plantea desde el sentido de aletheia, concepto cuyas particularidades podéis profundizar en este dificultoso pero esclarecedor artículo: en cualquier caso, el debate estético remitirá para él a esa peligrosa aletheia que, en manos de los críticos de arte menos preparados, ha derivado en una especie de platonismo contemporáneo, de ideología inasumidamente conservadora, que todavía sigue dando coletazos. Un sistema estético, deduzco, muy peligroso porque a menudo, la verdad necesita un arbitraje, un tribunal. La verdad es excluyente, no admite grados, y no admite disidencias.

3. Arquitectura Metafísica


Me llevo el aforismo de Heidegger ("el arte desvela la verdad") a la arquitectura, e insisto en su aparente inocuidad, siendo una frase tan neutra que pareciese que la hubiésemos escuchado mil veces antes. Y es que, en mi opinión, esa es la concepción estética en la que hemos sido educados los arquitectos de mi generación. El fundamento del curso de Celestino García Braña, el axioma que recorría subterráneamente las clases de proyectos, el parangón al que recurrían los profesores de construcción para valorar las soluciones que les presentábamos: la arquitectura está legislada por el paradigma crítico de lo verdadero y lo falso.
El enemigo de la estética arquitectónica moderna es, así nos lo han contado, el simulacro.

El problema es que la idea de "verdad" que utilizaban nuestros profesores, era completamente ridícula, sonrojantemente obsoleta. Hemos sido educados conforme al paradigma de que la buena arquitectura es la arquitectura honesta, la arquitectura coherente con su propio ser. Ese paradigma aberrante, grotesco, de la modernidad más zafia, ese Heidegger degradado y autotraicionado, sigue siendo en 2011 el argumento que rige el "pensamiento arquitectónico" académico, y utilizado constentemente como elemento de juicio en concursos, proyectos y premios. Toda la maquinaria productiva de pensamiento arquitectónico (el Juez de la producción fáctica de ciudad) se autolegitima apelando a su supuesta condición de veracidad, utilizando un sistema dogmático de "Verdades" instrumentales (a medio camino entre el positivismo científico y el ultra-fascista "Ornamento y delito") que sólo son aceptadas como tales cuando están al servicio de sus propios intereses.
Los arquitectos salidos de mi escuela suelen ser muy integristas en sus juicios sobre qué proyectos son "buenos", y cuales no. Degradan las obras que no les gustan apelando a su espectacularidad gratuíta, a su carácter de simulacro, a lo débil de su "idea", y por ende de su esencia. De hecho, es tal el grado de fundamentalismo de los arquitectos, que no hay varias escenas arquitectónicas en paralelo, sino una sola y única: el amante de la música puede decantarse por el jazz, la polka o el metal, pero el aficionado a la arquitectura se va a encontrar con que no hay géneros diferentes, no hay escuelas, no hay estilos: lo único que hay es "la arquitectura", en general. Han conseguido anular toda singularidad, haciendo uso de la herramienta más útil para ese objetivo: se han apropiado de la verdad. De una idea de "Verdad" que no ha sido aún puesta en entredicho por Foucault y compañía, y que todavía oculta su naturaleza estrictamente dogmática.
¿Qué arquitectura será entonces valorada unánimente por el pensamiento arquitectónico oficial y académico, como la más elevada? La arquitectura ensimismada en la autoreferencialidad a su verdad técnica a través de la conmemoración de su mismidad. Cosas que hablan de su cosidad, ventanas que hablan de su ventaneidad, luces que son homenajes a su luminosidad.
La buena arquitectura (y los críticos más delirantes no se cortan y hablan directamente de "arquitectura metafísica") será aquella que convierta sus respuestas técnicas y funcionales en representaciones de sí mismas. Algo así como una hipersignificación que a mí me resulta absolutamente manierista pero que a ojos del común de los arquitectos es la encarnación de Belleza, Bondad y, claro, Verdad. Lo aberrante es que ese lenguaje de la modernidad que convierte la tecnología, el contexto y la función en teatro de la metafísica, es el paradigma en que se han apoyado los arquitectos (fálsamente) de izquierdas.
Un ejemplo muy paradigmático es el reciente ganador del Pritzker, Souto de Moura, el tipo de arquitecto cursi, retórico, que practica un puritanismo formal ultra-manierista, y al que su aspecto campechano y aseado legitima como "un tipo honesto". Algo así como el Iniesta de los arquitectos: un tío sencillo, amigo de sus amigos, que se preocupa por lo importante, que no se deja seducir por las tentaciones del famoseo, y que trabaja únicamente con verdades, nunca meros simulacros.
Habrá incluso quien diga que es un artista de izquierdas, olvidando que su arquitectura nunca podrá superar su condición radicalmente conservadora, en la medida en la que no va más allá de la conmemoración monumental de su propia "verdad" monolítica. Bajo su aparente "honestidad", su trabajo es pura representación.

Representación,
escenificación noemática,
teatro.
Simulacro







Estas tres obras me parecen las que con mayor descaro explicitan esa tonta metafísica de la honestidad, que no tan paradógicamente está siempre al servicio o bien de pijos con ansias de glamour arquitectónico, o bien políticos que necesitan monolitos representativos para su ciudad.
Me parece increíble que un arquitecto tan mediocre gane "el Nobel de la arquitectura" en pleno 2011, cuando su obra no es más que retórica metafísica de tercer grado, de una rigidez formal extrema, ridículamente escenográfica, esencialidades falsas y artificiosas que olvidan lo más importante de Heidegger:

El ser es tiempo

... pero el tiempo es un parámetro completamente ausente en las verdades metafísicas de las cajitas monumentalizadas de Souto de Moura. He ahí el gran fallo de la arquitectura moderna: su olvido del ser como tiempo, y de la verdad como concepto diacrónico, evolutivo y posicional. La verdad del segundo Heidegger, ese Ser revelado, era presencia antes que representación, y la buscada superación de la escisión entre sujeto y objeto ha sido olvidada en este tipo de arquitectura en la medida en que su criterio estético parece ser el de la pura conmemoración de los procesos del proyecto.
El pensamiento arquitectónico del último siglo ha estado así marcada por un idealismo radical, cuyo fundamento metafísico es una "verdad" que ha de ser legible para ser, y en la que el cuerpo queda reducido a sujeto contemplativo y conmemorativo.

Atención al memorandum del jurado en la justificación del premio:

"

Always mindful of context, understood in the broadest sense, and grounded in place, time, and function, Souto de Moura’s architecture reinforces a sense of history while expanding the range of contemporary expression. Already in his first works, undertaken in the 1980s, Souto de Moura had a consistent approach that never adopted the trends of the moment(...) His unique capacity to embrace reality while employing abstraction creates an architectural language that transforms physicality into the metaphysical. Souto de Moura is an architect fascinated by the beauty and authenticity of materials (...)his architecture it is not obvious, frivolous, or picturesque. It is imbued with intelligence and seriousness. His work requires an intense encounter not a quick glance. And like poetry, it is able to communicate emotionally to those who take the time to listen (...) For architecture that appears effortless, serene, and simple, and for the care and poetry that permeates each project, Eduardo Souta de Moura receives the 2011 Pritzker Architecture Prize.

"

Los argumentos que han servido para justificar el premio dan buena cuenta de mi tesis: Souto de Moura se dignifica por su esencialidad, por su renuncia al simulacro, y porque su materialidad remite a un modelo metafísico fuertemente atado a través de verdades. Verdades que no son el punto de llegada, sino el de partida.
Ante todo, su exégesis es moralizante.

Toda la verdad moderna se resume en

" la hegemonía de la metafísica tecnológica, que es la que simula mejor su imparcialidad."


4. Metafísica del devenir

La solución a este idealismo dogmático que ha conducido a este callejón sin salida al pensamiento arquitectónico cateto-español (el Pritzker es un premio internacional, pero la moral que defiende es idéntica a la que impera en nuestro país) nos la dará el mismo Heidegger. Como he dicho, en su teoría estética el propio filósofo llegaba al callejón sin salida de un Arte que sólo puede ser útil en cuanto pueda desocultar lo verdadero, lo que terminó por conducirle a un conservadurismo moral del que en principio fue incapaz de escapar, y que sirvió a la escuela moderna para imponer su totalitarismo (¿el primer conato de la agenda globalizadora?) mediante el perverso recurso a un sistema de verdades autoproducidas y, en cuanto verdaderas, inmunes a la crítica.

Pero sus discípulos sí que fueron capaces de desarrollar sistemas metafísicos de los que deducir una teoría estética más afinada, tolerante y plural. De todo lo que ha salido de la escuela heideggeriana, lo que más nos va a interesar es la postura de Foucault, cuyas investigaciones históricas y políticas conducirán a Deleuze a plantear una peculiar metafísica que, en muchos aspectos, es compatible con los principios fundamentales de Heidegger:

El ser es tiempo
El ser no es un hecho, sino acción
El ser no es identidad, sino diferencia
El ser es multiplicidades
El ser es un devenir
La verdad es una producción
El sentido es la mebrana entre los cuerpos y los enunciados

Esto, claro, derivará en un nuevo ideario estético y, por ende, a una nueva arquitectura (circunstancia de la que por aquí aún no nos hemos enterado). Esta cuestión dará para otros posts, aunque es una cuestión de largo alcance que llevo tiempo estudiando porque es el fundamento de mi siempre postergada tesis doctoral. Pero, en resumidas cuentas, si es verdad que el arte revela la verdad, su único interés es alcanzar una verdad violentada, incómoda y perecedera.
Cierro el tema por ahora con la respuesta más zafia que ha producido el pensamiento burgués para salvaguardarse de las críticas ontológicas de los años 60: afirmar el fín de la filosofía y la obsolescencia de la metafísica, como ardid último para perpetuar el pensamiento tecnocrático como única realidad posible. La degeneración absoluta de la Arquitectura contemporánea fue su cobarde renuncia a sus fundamentos heideggerianos, rindiéndose a un horripilante realismo de mercado, pragmático y aparentemente neutro, cuyo mayor valedor será Richard Rorty, que, negando la verdad como fundamento, lo único que consigue es que el devenir esté preso del mercado y , como diría Heidegger, favorecer que las cosas sigan siendo lo que son.





Yo sí creo en la metafísica, porque como ya he dicho, compruebo que misteriosamente el tiempo transcurre, el territorio del devenir es el campo ontológico y, contra todo pronóstico, las cosas son.

2 comentarios:

  1. Vaya! venía con un post debajo del brazo para homeostatizar tu post-rock y tu trip hop, y me encuentro tu arquitectura metafísica.

    Voy a leerlo despacio, pero me parece que no se parece a lo que te envío a cdf. ¿O tal vez sí? no sé.

    Por cierto, la onda de ZS a mí como que no me llega. Los de Mi Ami, "posí" o "post it" -como se diga-. Cuestión de devenires, supongo.

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  2. Genial!!! esta nuit preparo tu texto, a ver qué nos cuentas :-D

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