domingo, 20 de marzo de 2011

Observer 25 #17: Tapley Entertainment




Las fotografías de este post, como ya os habréis dado cuenta, no corresponden a celebridades, aunque (en el mejor de los casos) lo parezcan: son impersonators, esa profesión típicamente americana consistente en suplantar al famoso de turno y ejercer de simulacro viviente en todo tipo de celebraciones. Pertenecen a Tapley Entertainment, pero hay infinidad de otras empresas operando en este terreno y ofertando celebrities lookalikes, algo tan tradicional en yankilandia como las fallas o el carnaval de Cádiz en nuestro país.





El impersonator no es, como el imitador español, burlesco. No se trata de parodias del personaje invocado, sino de suplantaciones respetuosas, cuya función la mayor de las veces es la de contentar al fan out of bounds que, impotente ante la imposibilidad de tener cerca a la estrella de sus sueños, decide contentarse con algo que se le parezca mucho. Es difícil entenderlo desde nuestra cultura (la herencia latina y católica nos pesa) porque a nosotros suele resultarnos delirante la idea de "vestirse de ..." fuera del contexto de unos carnavales, y siempre con afán bufonesco.





En USA no sucede así. Allí, recurrir a un impersonator puede y suele hacerse para temas serios. No saben contar chistes, acaso alguna frase / muletilla de la estrella imitada, pero sin ridiculizar los ademanes ni tener que resultar especialmente graciosos: hay quien, para una cena de empresa, gusta de tener una Michelle Obama o un Bill Clinton capaces de comportarse protocolariamente. No hay que buscar la lógica de esta costumbre: tiene mucho de sentimental, de tradición cultural arraigadísima en la cosmogonía yankee, tan dependiente de la visibilidad. En realidad, esta costumbre suya del impersonator da cuenta de hasta qué punto la cultura americana es diferente a la nuestra: allí, lo aparente no requiere la correspondencia con alguna sustancia moral para ser tenido en cuenta. Es decir, para ellos, un tío vestido de Justin Timberlake y que se mueva como Timberlake, no necesita ser el auténtico Justin Timberlake para resultar completamente real. Para el pragmatismo anglosajón en su versión más extrema, un tío que fuese exactamente igual en apariencia a Justin Timberlake y con sus mismas capacidades, su exacto equivalente, haría que el original fuese perfectamente prescindible. En realidad, es una postura ante la identidad que remite a la misma problemática moral de la clonación: en virtud, la diferencia lógica entre un individuo y su clon idéntico pertenecería al rango de lo metafísico. Es el individuo convertido en información y teletransportable en cuanto apariencia. Usted puede tener a un George Michael cantando en su próxima fiesta de cumpleaños. No es el auténtico George Michael, pero para lo que usted requiere de él, ¿a qué nivel importa eso? La cultura europea es diferente, mucho más esencialista: casi instintivamente, sentimos que al impersonator le falta el ser mismo del original. El ser trascendental, claro. En ese tipo de cosas, los continentales somos muy románticos frente a los anglo radicales: ellos son mucho más amigos de las apariencias, sin nuestros traumas esencialistas herederos de Platón y perpetuados por toda la teología mística.





Cito un texto de Deleuze al hilo de este asunto, en el que aborda la diferencia kantiana entre apariencia y aparición. Siendo coherentes, no deberíamos sentirnos disconformes ante una Julia Roberts de pega: lo único que importa de su aparición son las condiciones de las que aparece, y no una "esencia" metafísica a la que deba rendir cuentas.


" Kant es como un trueno. Después siempre podemos hacernos los listos, e incluso habrá que hacerlo. Con Kant surge una comprensión radicalmente nueva de la noción de fenómeno. El fenómeno ya no será en absoluto la apariencia. La diferencia es fundamental, bastaba tener esa idea para que la filosofía entrara en un nuevo elemento: creo que si existe un fundador de la fenomenología, es Kant.

Hay fenomenología desde el momento en que el fenómeno ya no es definido como apariencia sino como aparición. La diferencia es enorme, pues cuando digo la palabra "aparición", ya no digo en absoluto "apariencia", ya no la opongo en absoluto a "esencia". La aparición es lo que aparece en tanto que aparece. Un punto es todo, nomepregunto si hay algo detrás, no me pregunto si es falso o no es falso. La aprición no está en absoluto tomada en la pareja de oposiciones, en la distinción binaria en la que se encuentra la apariencia por distinción con la esencia. La fenomenología se pretende ciencia rigurosa de la aparición en tanto que tal, es decir, se plantea la pregunta: ¿qué es el hecho de aparecer? Es lo contrario de una disciplina de las apariencias. La apariencia es algo que remite a la esencia dentro de una relación de disyunción, dentro de una relación disyuntiva: o bien pertenece a la apariencia, o bien pertenece a la esencia. ¿A qué remite la aparición? La aparición es muy diferente, es algo que remite a las condiciones de lo que aparece.

El paisaje conceptual literalmente ha cambiado por completo, el problema ya no es absolutamente el mismo, el problema ha devenido fenomenológico. Kant va a sustituir la pareja disyuntiva apariencia / esencia por la pareja conjuntiva lo que aparece / condiciones de la aprición. Todo es nuevo ahí. Para volver las cosas un poco más modernas, diría que a la pareja disyuntiva apariencia / esencia, Kant va a sustituirla por la pareja aparición / sentido. Sentido de la aparición, significado de la aparición. Ya no hay esencia detrás de la apariencia,, hay el sentido o el no-sentido de lo que aparece. Concédanme que, incluso si lo que digo sigue siendo muy verbal, se trata de una atmósfera de pensamiento radicalmente nueva. A tal punto que puedo decir que, en relación a esto, todos somos kantianos.

"

Gilles Deleuze "Kant y el tiempo". Clase I. Los a priori, el fenómeno y el juicio sintético a priori.





P.S.: La verdad es que deberían currárselo un poco más. Muchos de los supuestos impersonators resultan de lo más grotesco: de una comicidad involuntaria. Imagino que los sujetos en cuestión han de ganarse el pan como pueden, con sus delirantes disfraces del famoso al que más se parezcan, pero hay casos en los que el parecido está traído muy por los pelos.
Para más información sobre esta tradición tan perfectamente baudrillardiana, podéis investigar los concursos de lookalikes de Hemingway, los innumerables y ya clásicos impersonators de Elvis, o las tradicionales imitadoras de Marilyn.
Que quede claro: ADORO a los impersonators.

1 comentario:

  1. Ya me imaginaba que te iban a encantar los impersonators, pero el Bill Gates no se parece ni por asombro y bueno, al 007 hay que pedirle que se como unos filetes que parece que la metralleta le va a tronzar el brazo.

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