miércoles, 8 de septiembre de 2010

Aura #1: Rematadamente BoBos


En determinados contextos, no resulta nada fácil atreverse a vivir la vida conforme a las apetencias personales y esquivar las ingerencias inquisitivas de la gente normal. Los que, de una u otra manera, ejercéis de "ovejas negras" en vuestro entorno sabréis hasta qué punto al ciudadano medio, seguidor de la Liga BBVA o el programa de Ana Rosa, le inquieta la existencia de personas singulares cuya cotidianeidad se articula, seguramente de manera inadvertida e involuntaria, sobre la discrepancia: si te abstienes de discurrir por los meandros vitales que oferta la clase media y sigues una hoja de ruta trasversal, prepárate para ser señalado por las masas como el perro verde del portal. En mi caso, he sido empollón, mariquita, peter pan, pedante, snob, cascarrabias, gafapasta o (uno de mis apelativos más gozosos) acomplejado en general. Y hoy en día, dado el tipo de vida que llevo (sin dinero, sin coche, sin hipoteca, sin pareja, sin iphone, sin New Balance) me expongo a ser tildado como "tiradillo" por la gente que creció conmigo, pero cuento con un singular escudo anti-desprecio que funciona a las mil maravillas por ridículo que parezca: mi título de arquitecto.
Resulta bastante cómico el hecho de que tener el diplomita de marras tenga semejante capacidad de disuasión frente a las potenciales pullas y chanzas de la gente, pero tengo la sensación de que la solera y glamour que tiene este título me ahorra ser considerado un paria, un perdedor o un friki: llevando exactamente el tipo de vida que llevo, pero careciendo de mi preciado Nivel Master (supongamos que me hubiese plantado en BUP, o hubiese cursado algún FP trapalleiro) sería la última mona del pueblo, sin lugar a dudas. Es cierto que lo de "soy arquitecto" ha perdido mucha capacidad de seducción (todo el mundo tiene a siete u ocho colegiados de mano) pero sigue tapando muchas bocas de los que de otro modo te considerarían un perfecto y canónico zascandil. Ahora que estoy en el pueblo, en los inevitables encuentros con ex-compañeros de instituto en los que nos contamos las respectivas trayectorias, constato que todos ellos tienen su tele de plasma, su Golf, un trabajo de provecho, la hipoteca de rigor y el segundo hijo en el horizonte: yo no tengo nada de eso, pero nadie se solivianta porque el hecho de haber estudiado arquitectura anuncia, a sus ingenuos ojos, un porvenir de dinero a mansalva y un Foster / Ochoa way of life: la gente deduce del título que servidor es un chico "listo, trabajador y responsable", obviando el hecho de que en este mundo tan poco dado a la lírica a uno lo que menos le apetece es prosperar en según qué circunstancias.


Esa capacidad de glamourización que tiene el título de arquitecto a ojos del gañán que todavía cree que los que trabajan en el oficio son como los que aparecen en el EPS (jasps ultratecnológicos que trabajan en depertamentos de I+D y habitan lofts de estética japonesa) es probablemente lo más socialmente últil y provechoso que tiene esta carrera, y también lo más asquerosamente irónico. El título funciona como salvoconducto, garantiza cierta inmunidad frente al chismorreo de los catetos de turno, y otorga un plus de calidad a la biografía de quien lo posee: te convierte irremediablemente en burgués bohemio, o como se decía hace unos años: un BoBo. Si emigro como mileurista a Alemania a trabajar de oficinista en alguna constructora / charcutería de bloques al por mayor, lo hago a ojos de los que me rodean porque quiero, para ganar experiencia en la Europa global y como ejemplo de la capacidad de innovación y creatividad propias de mi profesión: es una emigración glamourosa. Si me voy en cambio a trabajar de fresador en Dusseldorf, parece que lo hiciese obligado, porque aquí no consigo despegar profesionalemente, con el rabo entre las piernas y con una mano por delante y otra por detrás. Pero en realidad el fenómeno es el mismo: es el aura del arquitecto lo único que parece dar glamour al acontecimiento. Al final, el aura es lo que inventa el sentido de las cosas. Un título, más que una capacitación, funciona socialmente como un halo, un perfume capaz de aromatizar biografías y formas de ser que de otro modo resultarían pestilentes. Lo que la gente no sabe, o no quiere saber, es que los arquitectos somos unos tirados, no tenemos donde caernos muertos, y nuestra profesión es cada vez más rutinaria, mecánica, burocratizada y absurda. Aún tenemos cierta aura, pero la lógica de lo real está mermándola rápidamente. ¡Aprovechémosla mientras podamos! Ya os digo que aquí en el pueblo, sigue dando cierto incomprensible prestigio.


Así que volvemos al viejo tema de fondo de la moral católica: la divergencia entre el ser y el parecer; la distancia insalvable entre los que actúan por fuertes convicciones éticas desde la profundidad, y los que se conforman con lo epidérmico, las apariencias y las ficciones. Obviamente, yo me quedo con los segundos: misántropo y desengañado, no espero encontrar nada en la interioridad de la gente, más allá del aura que rezuman y su capacidad d seducción. Me conformo con los significantes, por aquello de que los significados bla, bla, bla. El problema es que del aura no se come, así que supongo que debería poner la mía en venta y comprar una mejor.

2 comentarios:

  1. Un amigo mío (médico) afirmaba que los arquitectos acababais todos como cencerros al acabar la carrera.

    Desde luego eres el arquitecto menos pedante en tu oficio de todos los que conozco...y pedantería rancia en tu título sobra a raudales: a muchos les falta alguna update de humildad.

    Bicos, bienhallado, nos dejaremos caer por Verín este invierno, seguro.

    Por cierto, quién es el oportunista del Korg y el oxigen 8? gabacho?

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  2. Viquiloide!!! pos a ver si es verdad que venís. El de las fotos lo conoces, estaba en el concierto de Alva Noto con Coco, se llama Víctor. Encontré estas fotos perdidas en las profundidades más oscuras de mi disco duro, y dije: hala, estas van para el blog :-D

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