miércoles, 8 de septiembre de 2010

Arte Emergente #1: Interiorismo Gitano


La educación judeocristiana que padecí con no tanto distanciamiento como hubiese debido, ha dejado severas secuelas en mi sentido del gozo y el placer: todos los bautizados, comulgados y confirmados tenemos un aquel de masoquismo (ya sabéis que en la mitología cristiana, sufrir mola) y acostumbramos a recrearnos en el lado chungo de la vida, por aquello de ganarnos una eternidad post mortem confortable. Será por ese morboso pesimismo vaticano por el que me gusta regodearme en una de las cuestiones más tortuosas de mi biografía: ¿quién coño me mandaría a mí meterme en la puta facultad de arquitectura?
Pero más allá del rollo cenizo del asunto, la verdad es que no me arrepiento para nada de haberme decidido por la ETSA: he conocido gente fabulosa, he echado callo, he aprendido un mogollonllonllón de cosas, he ganado en aura... y, conforme a los requerimientos de penurias que exige el Antiguo Testamento, me he ganado el cielo. ¡Compañeros! No somos colegiados, somos mártires :-D Bromas aparte, al final el título tiene algún que otro efecto secundario provechoso: por ejemplo, nos da cierta soltura a los pobres de solemnidad para decorar nuestros zulos compartidos con abundante gusto y dignidad. Con muebles de la basura, quincalla del todo a 100, menaje chorizado a nuestras madres, saldos del ikea y ofertones de Reto, somos capaces de gestionarnos unas casas la mar de chulas y confortables, como si más que discípulos de Le Corbusier fuesemos doctorandos en una disciplina muy otra: el interiorismo de los gitanos.
Recuerdo que hace un par de años, en uno de los innumerables exploits de Callejeros emitieron el típico documentaca sensacionalista mostrando las penurias y picardías de algún poblado chabolista de vete tú a saber qué periferia urbana, en el que nuestros hermanos de la raza calé mostraban entre tímidos y orgullosos el territorio en el que, por los motivos que sean, van sobreviviendo. Ya os podéis imaginar el tipo de urbanismo que mostraba el programa en cuestión: mierda por todas las esquinas, trapos podridos y maquinaria obsoleta y oxidada zapateados en el medio de la acera, galponismo desatado y niños medio en bolas jugando alegremente cubiertos de mugre y con el pelo como cardado. Las mamás gitanas (13 años, un churumbel succionando cada teta y el tercero al caer) pidiendo entre lagrimones que el alcalde les ponga unas casas más dignas porque es un derecho constitucional (!!!) mientras sus maridos, con sus exóticos y coloridos atuendos de bakala lo-fi, se afanaban en desmentir el tópico que asociaba el poblado en cuestión al hurto y la droga: ni entro ni salgo en el tópico gitano, simplemente cuento lo que salía en el reportaca. El caso es que me llamó muchísimo la atención el modo en que los gypsies tenían decoradas sus casas, acaso por un cierto sentimiento de complicidad: la materia prima que utilizan en sus chabolitas no es muy diferente a la que utilizan los estudiantes, los ecologistas, los precarios en general y los becarios en prácticas en particular. Esencialmente, todos utilizamos los mismos gadgets, que no son sino escombros reciclados y detritus basuriles con más longevidad de lo que enunciaban sus embalajes.


Los que hayáis pillado el TimeOut en vuestras escapadas a London o Berlin os habréis dado cuenta de que las tiendas más marycool y pintureras acostumbran a estar decoradas con estética de patchwork y reciclamen: una silla de la abuela por aquí, cajas de fruta funcionando como expositores por allí, una cortina de ducha del año de la tartana tapando el probador acá, y una lápara setenteramente pop acullá. El imperio estilístico de lo vintage, si además huele a reciclado, es lo más "!" del momento: incluso las supermansiones kitsch que saca el Hola! suelen tener un par de detallitos salvados de la basura, como para dar a sus horteras dueños un cierto halo de autenticidad y buen gusto ("esa lámpara tan graciosa sobre la mesita del siglo XVIII la rescatamos de un rastro, nos gusta mezclar"). Pero lo cierto es que en esto del interiorismo de retales los gitanukis nos llevan décadas de ventaja, y son ellos los que saben cómo, dónde y cuándo encontrar los mejores contenedores en los que encontrar tesoritos duty free. En el reportaje aquel me llamó la atención el hecho de que, incluso en condiciones higiénicas tan catastróficas, las amas de casa se esforzaban mucho por tener el saloncito y el dormitorio con la mayor dignidad y gusto posibles, con un cierto orden e incluso intención, por mucho que todos sepamos que el sentido del Buen Gusto de los gitanos consiste en acumular cuantos más adornos extraños mejor y dispuestos de la manera más delirante posible: una Playstation encima de un bidón pintado de rosa chicle, cuadros de vírgenes sangrantes en la nevera, memorabilia de prensa rosa en el WC, peluches cotrosos y muñecas mancas encima de la cama... todo organizado con cariño y minuciosidad, como si en lugar de basuras se tratase de lujos asiáticos. No cabe duda de que el hecho de "decorar tu casa" es algo tan instintivo como el bailar, el maquillarse o el contar chistes: no existe cultura en la historia de la humanidad que no haya desarrollado su particular sentido del interiorismo. Y no caben debtes sobre buen o mal gusto: esto hay que leerlo en términos marxistas de superestructura, y sanseacabó.

Dicho lo cual, y volviendo a la autoflagelación católica, podríamos decir que también es mala suerte que nuestra generación se haya visto obligada a compartir proveedores de muebles precisamente con los gitanos, y no con los aristócratas chinos o los oligarcas rusos. Pero en el fondo, lo de decorar la casa a base de objetos encontrados es algo maravilloso, que ha marcado el sentido de la poética del espacio que tenemos muchos de nosotros: ahora "lo valioso" ya no se consigue a golpe de tarjeta de crédito, sino a través de exploraciones espeleológicas por todos los rastrillos de tu ciudad. Más de una vez he compartido con gitanos la batida de muebles por contenedores : la ética de los rastreadores de quincalla consiste en que es el primero en verlo el que legítimamente merece llevarse el botín, aunque hay leyendas urbanas que aseguran que en Monte Alto la mafia gitana se tiene repartidos los contenedores más productivos y no hay quien meta mano a los tesoros que suelen encontrarse allí.

Hay quien tiene miedo a las mudanzas o pide un crédito de tres quilos para amueblar su piso, porque piensa que los muebles sólo merecen la pena si se anuncian en la radio y su precio es de tres cifras. Los Montoya, los Carmona, los Flores y los precarios sabemos que el interiorismo que de verdad mola es el que sale casi gratis. Agudizando el ingenio y con cierto ojo para disponer los objetos, uno puede montarse un pisito la mar de confortable. Y sostenible. Y políticamehte comprometido. Y bonito. Ahora este modo de decorar es tendencia en las revistas más modernoides, pero en realidad los pioneros de este estilo, y seguramente los maestros, son los gitanos. Aunque sus muebles, como todo el mundo sabe, son mayormente robados :-D

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