martes, 22 de noviembre de 2011

La mirada del otro #2: Ceguera



La mirada del otro es uno de los conceptos más apasionantes de entre los que han centrado el pensamiento de la posmodernidad. Desde que Freud incrustase al otro en el corazón mismo de la subjetividad (el ello como motor del deseo y el superyo como agente punitivo y rector del hábito en sociedad) el papel de la mirada ajena se ha ido convirtiendo en uno de los temas recurrentes del pensamiento especulativo, que ha visto en el encuentro con el otro (el ver y saberse visto) un acontecimiento crucial en lo cognitivo, lo social y lo político. Seguramente los que con más profundidad y valentía han tratado esa cuestión sean Enmanuel Levinas y Jacques Derrida, espeleólogos de las huellas fenomenológicas de la confrontación con el rostro del otro. El punto de partida del trabajo de Derrida me resulta muy torpe: su nominalismo radical, el dogma de la sumisión al significante y la intratextualidad del ser que le sirven de argumentación, le convierten en una especie de versión relamida de posturas que, a mi entender, ya estaban en Lacan. Sin embargo, ahora que lo estoy estudiando con más seriedad (pues una de las asignaturas de mi master se centra en su obra) estoy descubriendo muchas ideas insólitas y atrevidas, tan oblicuas y trasversales que resultan loquísimas, pero sugerentes y desconcertantes. Lo mismo puedo decir de Levinas, al que nunca he dedicado demasiada atención por el rechazo que me provoca su poso teológico, pero del que estoy encontrando asombrosos aportes a la cuestión metafísica en fenomenología. ¡Espero poder seguir estudiando a estas dos starlettes cuando tenga más tiempo!



Quizás una de las agendas ocultas de Foucault fuese la de erradicar la legitimidad del juicio ajeno, disolver el virus introyectado en lo moral que la cultura occidental ha utilizado desde siempre para controlar el rebaño mediante el sentimiento de culpa: la mirada omnisciente de Dios, el escrutinio implacable ejercido por la vecindad, el ojo del ser amado... formas imperativas de sumisión a la mirada del otro, que según se nos ha dicho es la mirada de la cordura. Una cordura que, en cuanto ajena, no puede ser ya más que alienación.



Toda la tradición psicoanalítica articula su discurso y su práctica en torno al poder fáctico de la mirada del otro: la cura según Freud consistía en la asunción por parte del paciente de una verdad que emanaba de y era revelada por la mirada ajena, deshaciendo las aporías de nuestro plegamiento al ojo inquisidor del mundo. La psicología del diván proponía una etiología de las pasiones tristes en la que éstas se deducían del desencuentro con el ser social, y su despliegue (o desanudado) sólo podría llevarse a cabo mediante, de nuevo, el encuentro con un otro: el psicoanalista. A este respecto, resultan hilarantes esas páginas del Antiedipo en las que D&G desmontan la estrategia alientante de los psicoanalistas, incapaces de trascender su concepción radicalmente escenográfica de una mente que, en cuanto aparato teatral, no era sino una emersión hecha de servidumbre a la mirada ajena, una claustrofóbica ópera hecha de atrezzos y tramoyas. De manera tácita, el pensamiento materialista (tanto en la tradición freudiana como en la marxista, o incluso en la psicología conductista) ha reducido al sujeto a una función del otro, un pliegue de los demás en mí, dinamitando la metafísica de la voluntad y sentando las bases de la extraña tardomodernidad que vivimos, en la que lo social queda reducido a una cadena de reverberaciones sin sujeto, de memes que revolotean y colisionan, un campo social para el que la única condición ontológica admisible es la de una alienación fundamental y absoluta.



Frente a ello, ¿qué queda? ¿Qué resta de sin los demás? ¿Únicamente el heroismo romántico de un individualismo impostado e imposible, la escenificación fatua de tímidos actos de libertad que no son sino máscaras deducibles de la voluntad ajena? La lógica me dice que el sujeto ha desaparecido en el horizonte de una realidad esculpida siempre por el cincel del otro, que la única voluntad posible no es más que una singularidad cartográfica en el océano de lo intersubjetivo, que cada uno de nosotros somos única y exclusivamente consecuencias, históricamente construídas, del imperio de los demás. Hace ya más de cien años de la muerte del hombre, de la evaporación de los sujetos, de la obsolescencia futil del yo. Es un punto de vista sobre la realidad muy similar al propio de ciertas filosofías orientales, para las que las membranas entre yo y el mundo no son más que espejismos de una continuidad de fondo que, en la forma, se presenta como mera contigüidad: todos los deleuzianos acostumbramos a sentirnos ecantados de una idea tan positiva de lo social.
Sin embargo, en tiempos de hundimiento como los que atravesamos, intuyo la necesidad de encontrar una nueva legitimidad, un nuevo orden moral para la subjetividad del yo, un nuevo rol para lo individual como potencia creativa y expresiva en sociedad. Son tiempos de revolución, necesitamos adoptar pequeñas sublevaciones cotidianas para recrear el agregado de agregados que es el mundo; una revolución que ha de ser siempre un renegar de la mirada del otro, de su juicio y su legalidad, un "no", un "yo no soy los demás". Más allá de la retórica elitista de multiplicidades y multitudes que anima al nuevo gregarismo de izquierdas, quizás sea tiempo de que vuelva lo único, de repensar a un individuo que, independientemente de su condición de consecuente y no de causante, puede todavía revertir la mirada del otro hasta deformar al ojo que le mira.


Cegándolo.



1 comentario:

  1. Pues sí, estoy bastante de a-cuerdo.

    Lo de D&G te ha quedado genial !!

    http://www.youtube.com/watch?v=3VH_TqowyXY

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