domingo, 17 de abril de 2011

Arte / facto #9: Danza, movimiento y verdad

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En un principio era sólo puro intercambio de información. Pero desde que el ser humano descubrió lo útil que era -para mantener un status quo-, que hubiera sitios de los cuales no se pudiera salir tan fácilmente, comenzó a organizar -por pura imitación psicofísica- un laberinto de coerciones invisibles que, basado en la ambigüedad del lenguaje, pudiera encerrar a la realidad. Eso que algunos han llamado su encanto y otros su trampa. De ahí su ambigüedad, claro; su gran valor de uso y su extraordinario valor de cambio.







Las explicaciones, las razones, las comprensiones y todos los elementos imaginarios para tal coerción debía -desde el principio-, beneficiar a aquellos que podían y podían aumentar su poder, apropiándose de las explicaciones, las razones y la imaginación de aquellos que querían salir de tal laberinto.




Y aunque, por supuesto, la coerción física nunca desapareció a nivel físico para mantener el status quo, su idea sí logra casi desaparecer, con la famosa disuasión de destrucción mutua -aunque si no alcanza ese punto no disuade de nada, claro-.





Pero si sólo se tratase de disuasión lingüística o simbólica, la cosa estaría clara -como lo estuvo al principio-. Así que para hacer que el laberinto sea más bien oscuro, el poder se instala en el imaginario social que él mismo ha fabricado, a-cerca de lo que es bueno, necesario y produce felicidad. No en vano los artistas que elaboran tal ilusión, a los primeros que quieren ilusionar es a los que tienen el poder de llevar a la práctica tal ilusión. El resto son imitadores, porque para eso unos pueden y otros no.





Pero aquí es donde la paradoja lingüística -la estructura de la verdad-, se venga con la fuerza redoblada de un bumerang, ya que el drama de los que pueden consiste precísamente en eso; en que materializan la verdad y son los primeros que, quedando literalmente atrapados en ella, están condenados a repetirla hasta que no pueden más.

Y es aquí también donde aparece el valor estructural del lenguaje, aquel que posibilita que un signo, inmerso y sujeto en un código, pueda saltar a otra estructura -otro laberinto quizás-, debido a que su valor de uso y su valor de cambio han muerto, hipertrofiados en su expansión por ese laberinto colosal.

Esta obsolescencia del código ya estaba cantada en cuanto se hizo indistinguible lo bueno de lo malo para su expansión. De tal manera que hoy, tan sólo la verdad estructural del momento lleva hacia uno u otro lado las tendencias del pensar y del actuar, quedando todo encerrado en su estuctura. Así que sólo caben ya apuestas éticas personales hacia uno u otro lado de la estructura, esperando su recompensa inmediata -su encaje-, bien sea imaginaria o real -da igual-.

Y de esta forma, esperamos que la verdad vaya decantándose en una dirección, hacia la cual arrastre con su inercia, a los caóticos seres que llegan hasta los límites de sus ilimitadas bifurcaciones. Pero eso no tiene pinta de que pueda seguir ocurriendo para nosotros porque, aunque tal vez la verdad no esté destinada a seguir un sólo camino, nosotros, lamentablemente, parece que sí.





En tal caso ¿por qué no apostar por varios caminos? Se trataría tan sólo de poner en stand by un poquito de razón y otro de corazón, ya que a la verdad no se la puede parar. O más bien, porque si se la para -o aparece-, uno desaparece, junto con el corazón y la razón por la que la buscaba.

Así que se me ocurre que... tal vez... sí haya una forma de aparecer y desaparecer, ya que si la sin-cronización es aquello que logra detener el tiempo -o al menos olvidarlo mientras formamos máquina con algún engranaje-, tan sólo tenemos que descubrir las paralelas secuencias de los devenires varios -algo así como sus ritmos-, para poder bailarlos al mismo tiempo.





Esto significa que cada uno de nosotros tenemos que inventar -o quizá descubrir, no sé- nuestra propia coreografía; una que nos permita desaparecer en la famosa masa inercial de los de-más, al mismo tiempo que nos posibilite aparecer en algún otro devenir que comience con los de-menos.





Poder metamorfosearnos en algún otro camino de la verdad, aprovechando los mismos primitivos ritmos, complejas melodías, sencillas secuencias o abismales silencios, que siempre a-parecen en estructuras paralelas, pero cuya forma y función eran para nosotros diferentes -imperceptibles, incomprensibles, inexplicables, invisibles-.

Construir arquitecturas evanescentes teniendo en cuenta, eso sí, que el laberinto del lenguaje, aunque se vuelva transparente, sigue siendo color sal. Sobre todo para los adolescentes y treintañeros ociosos, hacia los cuales llevamos el camino de convertirnos todos: estáticas crisálidas metamorfósicas, eso sí, de potencias insospechadas: ¡tal vez volar! Aunque por el momento solo podamos

delirar.



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2 comentarios:

  1. ¡Qué "diseño" tan "revelador"! Al fin me has "descubierto" la "forma" para salir de mí mismo. Me refiero a las "odiosas" comillas a las que pensaba que estaba "condenado" a repetir hasta no poder más :-)

    ¡Todo un exorcismo!

    ¿Será el artista un exorcista?

    Danke schön

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  2. Y pensando en eso de la metamorfosis he encontrado algo suma-mente suger-ente.

    Te lo envío a cdf con forma de post (cuando andes con tiempo y ordenador; el post es "intemporal")

    http://www.youtube.com/watch?v=IpXt61Coknw

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